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More­lia, Michoacán, a 20 de febrero de 2020.-

Como nunca antes la niñez y ado­les­cen­cia de Sil­vano Aure­oles Conejo fue expuesta en público y por el mismo man­datario michoa­cano. La razón: demostrar­les a las y los jóvenes que, aun enfrentando las peo­res condi­ciones de pobreza y aban­dono, sí es posi­ble hacer real­i­dad los sueños. La primera frase abrió plaza en el magno recinto: “aprendí a leer a los 12 años, cuando muchos ya van aca­bando la pri­maria; a mí, la escuela me cam­bió la vida; cuando aprendí a leer, des­cubrí otro mundo”.

Fue un diál­ogo abierto, directo, sin­cero y emo­tivo, que engrande­ció el encuen­tro con miles de ado­les­centes y jóvenes que acud­ieron a la con­vo­ca­to­ria de la Expo Uni­ver­si­taria 2020 ofre­cida por el Gob­ierno de Michoacán a quienes este año con­cluirán su for­ma­ción bachiller en plante­les como Cobaem, CECyTEM, Tele­bachiller­ato, Conalep e insti­tu­ciones educa­ti­vas pri­vadas, con el fin de aseso­rar­los para que eli­jan su car­rera ideal, entre más de 65 ofer­tas presentes.

Aure­oles Conejo dejó el pro­to­colo de lado después de salu­dar, felic­i­tar y agrade­cer a los sub­sis­temas, direc­tivos y, sobre todo, a los mis­mos jóvenes, a quienes les pidió cer­rar la puerta a las tenta­ciones, a las dro­gas y a los mal­tratos que acom­pañan la búsqueda del lla­mado “sueño amer­i­cano”, y ele­gir el camino de la escuela. “Es difí­cil, yo lo viví, uno de mis sueños era emi­grar a Esta­dos Unidos y seguir los pasos de muchos que se van a ver cómo salir adelante”.

Con voz que­brada por la emo­ción, al cen­tro del esce­nario de las insta­la­ciones de la Expo Fiesta Michoacán, Sil­vano Aure­oles habló al joven público que respondía con gri­tos y son­risas cuando él los retaba y les cues­tion­aba; tam­bién, las son­risas se escondieron de los ros­tros ado­les­centes en los momen­tos en que la his­to­ria de esa niñez brotó:

Soy hijo de una madre soltera, crecí junto con mi abuela, lisi­ada y una tía ciega, en una condi­ción de pobreza extrema total, de no tener ni lo básico para lle­gar al día sigu­iente; pá empezar, ni casa, viviendo en una de zacate, ni siquiera de lámina, sin ninguna posi­bil­i­dad de tener acceso a ser­vi­cios, ni agua, ni luz, ni drenaje ni nada, dur­miendo en el piso, en la tierra, así empecé”, contó.

Cuando Sil­vano aprendió a leer, entendió que la escuela le podía servir y se interesó. “No fue fácil, porque mi mamá se casó de nuevo y mi padras­tro no quería que yo fuera, decía que era para perder el tiempo, para gente que no tenía qué hacer y que no era bueno ir”.

La tenaci­dad de su madre, le per­mi­tió “des­cubrir otro mundo” en la escuela, pero las difi­cul­tades no para­ban; a los 13, cur­sando ape­nas el cuarto año de pri­maria en El Zapote, munici­pio de Carácuaro, emi­gró a otro pueblo, a Hue­tamo. La his­to­ria de muchos, se resumió en su frase: “era imposi­ble enten­derme con mi padras­tro y me tuve que ir”.

No se ven­ció. En Hue­tamo ter­minó pri­maria y secun­daria, fue un gran reto, porque tenía que tra­ba­jar para man­ten­erse y tra­bajó en todo: vendía cube­tas de agua, fue car­gador de bul­tos en la ter­mi­nal de camiones, ayu­dante de albañil, ayu­dante de chofer, chofer, vende­dor de nieves, de aguas fres­cas, de pan, ayu­dante de tal­abartero, de huarachero, “todo lo que se puedan imag­i­nar, tra­ba­jando los fines de sem­ana cor­tando limón, algo muy pesado y difícil”.

El ejem­plo de vida fue gen­erosa­mente com­par­tido por el hoy man­datario michoa­cano. Los esfuer­zos de lev­an­tarse e ir a tra­ba­jar de siete de la mañana a una de la tarde; a las dos, entrar a la escuela; a las siete, con­cluir y retornar a l tra­bajo. Sus sac­ri­fi­cios tam­bién fueron rec­om­pen­sa­dos, la secun­daria la ter­minó en el ter­cer lugar con el mejor aprovechamiento, aunque tam­bién eso le costó, porque no querían entre­garle su doc­u­mentación al no con­tar con los 500 pesos que le pedían de pago.

Ya más grande sem­bró hor­tal­izas, tra­bajó en la engorda de pol­los, fue car­gador, los fines de sem­ana, acar­re­ando arena, piedra y mate­r­ial para con­struc­ción y hasta vendió de libros. Y ahí le paró.

Con seis her­manos, dos mujeres y cua­tro hom­bres, para Aure­oles Conejo, la edu­cación es el mecan­ismo de cam­bio, lo que “nos hace mejores seres humanos y nos da her­ramien­tas para enfrentar la vida”.

La con­clusión del de Carácuaro, tras todo lo vivido en su niñez y ado­les­cen­cia, es que “vale la pena, que sí se puede”. El, le dijo a los estu­di­antes que no se desani­men, “todos enfrenta­mos alguna difi­cul­tad, algún reto, pero lo impor­tante es fijarte metas en tu vida y querer salir ade­lante”. Las cosas no lle­gan solas, él es un claro ejem­plo, “hay que pon­erle empeño y ganas, com­pro­miso, entrega, ded­i­cación, porque eso nos per­mite cam­biar nues­tras vidas y las de nues­tras familias”.

MOTIVA QUE UN GOB­ER­NADOR SE REÚNA CON NOSOTROS

Para los jóvenes, la pres­en­cia e his­to­ria del Gob­er­nador, fue bueno, “para que nos motiven a seguir en ese camino del estu­dio, viene bien” opinó Roberto Car­los Rodríguez Ruiz, estu­di­ante del Cole­gio de Bachilleres de Michoacán (COBAEM) tras cel­e­brar que en este espa­cio se hayan ofre­cido todas las alter­na­ti­vas que tienen para estu­diar una car­rera y así tener una buena decisión de su futuro.

Mien­tras hacía un recor­rido para cono­cer las ofer­tas de estu­dio, Esbeidi Calderón Navar­rete alumna del CECyTEM, man­i­festó estar intere­sada en los temas de seguri­dad pública y la impor­tan­cia del respaldo de las autori­dades que requieren las y los jóvenes.

Que el gob­er­nador esté aquí, refleja que tiene interés por la edu­cación de Michoacán y por el futuro del estado; esta Expo es algo bueno, que nos va ayu­dar a todos y a que el país pro­grese y que todos este­mos mejor”, dijo.

Tam­bién, Car­olina Acosta Avilés estu­di­ante de COBAEM, dijo estar intere­sada en estu­diar la car­rera de Gas­tronomía y expresó su agrado porque exis­tan este tipo de espa­cios para que los jóvenes conoz­can el aban­ico de opor­tu­nidades que tienen para estu­diar una car­rera y ser alguien exi­toso en la vida.

Pub­li­cación: Leti­cia E. Becerra Valdez

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