niñasmexico 1

SemMéxico/​Periodistas en Español, Cd. de Méx­ico, 13 de mayo, 2021.-

En las zonas más pobres del Estado de Guer­rero, al centro/​occidente de Méx­ico, las niñas son ven­di­das de forma habit­ual porque los padres lo con­sid­eran «usos y cos­tum­bres» y una fuente de ingre­sos, porque pueden obtener hasta doscien­tos mil pesos (unos 8290 euros).

Sucede desde hace demasi­a­dos años. En la denom­i­nada Mon­taña de Guer­rero, en cuanto las niñas ron­dan los doce años ya son «vendibles». Quienes las com­pran (porque es ese el tér­mino cor­recto) las pueden con­ver­tir en sus esposas o, sim­ple­mente, son uti­lizadas como esclavas para la casa o el campo.

Lógi­ca­mente, no se puede hablar de una cifra conc­reta, ni aprox­i­mada, porque las autori­dades no tienen interés alguno en con­tro­larlo. Se cree que puede haber hasta tre­scien­tas mil criat­uras cuyos padres las vendieron al mejor postor.

El cen­tro de dere­chos humanos de La Mon­taña Tlachi­nol­lan lo ha denun­ci­ado recien­te­mente con el fin de que tanto el gob­ierno estatal como el fed­eral tomen car­tas en el asunto y pro­híban total­mente estas transacciones.

Cuen­tan que, en las comu­nidades indí­ge­nas, la mater­nidad llega a muy tem­prana edad, no por decisión propia sino por la cos­tum­bre añeja de los padres que logran con­cer­tar las alian­zas de sus hijos con las hijas. Nor­mal­mente hay pago de la dote, que en un prin­ci­pio se le conocía como el rit­ual de peti­ción de la novia. Con el tiempo esta prác­tica se ha per­dido y mercantilizado.

La gravedad de estos acuer­dos es que no per­miten que las mujeres deci­dan, sobre todo, porque lo hacen antes de que cum­plan los diecio­cho años. No hay forma de rever­tir la decisión paterna. Las mamás y las abue­las se suped­i­tan a lo que deter­mi­nan los padres. Las hijas no tienen voz ni voto, sim­ple­mente tienen que acatar el acuerdo de los mayores.

Los hom­bres man­dan, ellas obedecen

Esta situación repro­duce un sis­tema de dom­i­nación regido por los hom­bres que impi­den que las mujeres may­ores sal­gan en defensa de sus hijas o nietas. Los mat­ri­mo­nios se concier­tan de los doce años en adelante.

A veces hay difi­cul­tades entre los padres de la novia y del novio. Las razones son diver­sas: el padre no ve con agrado al futuro esposo de su hija, ya sea por su com­por­tamiento, por la forma de ser de su familia o porque no lle­gan al acuerdo sobre el pago de la dote.

En algu­nas comu­nidades acu­den a los «sabios», que son espe­cial­is­tas para pedir la novia. Cuando se logra la con­certación, vienen los prepar­a­tivos de la boda, cuyos gas­tos cor­re­spon­den a la familia del novio.

Reg­u­lar­mente la nueva esposa se va a vivir a la casa de los sue­gros, donde se trans­forma en la cri­ada de la familia del esposo. Tiene que lev­an­tarse tem­prano para preparar la comida que se lle­vará el marido al campo y, cuando es tem­po­rada de siem­bra, debe lev­an­tarse a las tres de la mañana, pues una vez preparado los tacos tiene que ir al campo.

Es muy común que en todos estos men­esteres la esposa car­gue con el niño o la niña más pequeña sobre su espalda. Solo así puede avan­zar en su tra­bajo y al mismo tiempo cuidar a su bebé. Carga con el almuerzo y con su hijo o hija para ir a la parcela donde siem­bran. Cam­i­nan descalzas una o dos horas en ter­renos agrestes. Se las ingen­ian para servir el almuerzo y aten­der a su pequeño. Por parte del esposo no hay un detalle o una expre­sión de agradec­imiento por el almuerzo que preparó su esposa, más bien, puede haber algún reclamo o regaño si algo no le gustó.

A pesar de que ter­mi­nan ren­di­das por la jor­nada larga, están pen­di­entes de sus pequeños hijos hasta que se duer­men. Cuando enfer­man, la situación se com­plica, porque tienen que impro­visar algún reme­dio casero en condi­ciones suma­mente pre­carias. Son las abue­las las que aux­il­ian a las mamás, para sobrell­e­var estas penas de los males físicos.

Pare­cería que esta cotid­i­an­idad, tan pesada por la carga de tra­bajo, sería lo que más afecta a las esposas o madres que car­gan con el yugo del esposo y su familia. Pero la real­i­dad es aún más trág­ica por la vio­len­cia que ejercen los hom­bres con­tra las mujeres. El some­timiento comu­ni­tario que per­siste por parte de los hom­bres, quienes ejercen la autori­dad en la casa y en las comis­arías, se man­i­fi­esta con golpes, lesiones y asesinatos.

Cuando hay prob­le­mas como pareja y lle­van su caso ante la autori­dad, lo nor­mal es que se le dé la razón al esposo. No hay mujer alguna que la defienda, porque son espa­cios pro­pios que se han adju­di­cado los hom­bres. Si hay un señalamiento del hom­bre y su familia de que la esposa no está cumpliendo con los deberes de la casa, se le reprende y se le encar­cela. Citan a sus padres y les lla­man la aten­ción porque no enseñaron a su hija a tra­ba­jar como es cos­tum­bre que lo hagan las mujeres. El mismo papá, en lugar de salir en defensa de su hija, la reprende públi­ca­mente, porque según su visión, «le hace quedar mal». Con estas actua­ciones la vio­len­cia se comu­ni­ta­riza con­tra las mujeres, que care­cen de recurso alguno para ser escuchadas y defender sus derechos.

A pesar de tanta infamia, algu­nas se han armado de valor y se han atre­v­ido a denun­ciar a sus esposos. Por des­gra­cia, las autori­dades encar­gadas de inves­ti­gar los deli­tos están muy lejos de desem­peñar sus fun­ciones. Han apren­dido a mal­tratar a la gente, a sobrell­e­var los asun­tos y aten­der a quienes ofre­cen dinero. La misma unidad de inves­ti­gación de la fis­calía espe­cial­izada en deli­tos sex­u­ales y vio­len­cia famil­iar pro­tege a los agre­sores y se encarga más bien de obsta­c­ulizar las inves­ti­ga­ciones, o de per­suadir a las víc­ti­mas para que nego­cien con sus vic­ti­mar­ios. No hay forma de romper con este sis­tema de jus­ti­cia patri­ar­cal que se ha empeñado en difamar a las mujeres y de hacer escarnio público de la vio­len­cia que padecen.

Prende la indignación

Gran número de orga­ni­za­ciones de la sociedad civil, han lev­an­tado la voz para denun­ciar estas transac­ciones de niñas medi­ante el envío de una carta abierta a difer­entes rep­re­sen­tantes del Gob­ierno del país: a la sec­re­taria de Gob­er­nación, Olga Sánchez Cordero; al sub­sec­re­tario de Dere­chos Humanos, Ale­jan­dro Enci­nas; al sub­sec­re­tario de Desar­rollo Democrático, Par­tic­i­pación Social y Asun­tos Reli­giosos, Rabindranath Salazar; al procu­rador fed­eral de Pro­tec­ción de niñas, niños y Ado­les­centes, Oliver Cas­tañeda; al gob­er­nador de Guer­rero, Héc­tor Astudillo, y a los can­didatos que se pre­sen­tan a las inmi­nentes elec­ciones de este Estado.

Afir­man que «esta prác­tica intol­er­a­ble con­sti­tuye una gravísima vio­lación a los dere­chos humanos de la niñas que lo sufren, en con­tra de la más ele­men­tal de las condi­ciones de vida que es el dere­cho a la lib­er­tad y a la autode­ter­mi­nación, a la inte­gri­dad física y al desar­rollo armónico de sus poten­cial­i­dades desde el prin­ci­pio, con el agra­vante de sus impli­ca­ciones como trata, vio­len­cia sex­ual y aten­tado al dere­cho a la salud, y diame­tral­mente con­trario al prin­ci­pio de interés supe­rior de la niñez –man­datado en la Con­sti­tu­ción y en las con­ven­ciones inter­na­cionales de las que Méx­ico hace parte».

Dicen enten­der que el prob­lema es com­plejo y que, ´por lo tanto, requiere de un enfoque trans­ver­sal a los órdenes del gob­ierno y a los tres poderes; un esfuerzo mul­ti­sec­to­r­ial en los tra­ba­jos a coor­di­nar y, por supuesto, una visión de dere­chos tam­bién sen­si­ble al con­texto cul­tural y respetu­osa de la autén­tica deter­mi­nación de pueb­los y comu­nidades indí­ge­nas. Como lo mues­tra la evi­den­cia, ase­gu­ran, «no es un tema de usos y cos­tum­bres, como se suele pre­sen­tar, sino arreg­los de vio­len­cia adulta tol­er­a­dos y prop­i­ci­a­dos por la com­pli­ci­dad de autori­dades comu­ni­tarias, munic­i­pales, estatales y federales».

El estado de Guer­rero ocupa el segundo lugar en embara­zos de ado­les­centes. En la enti­dad ocur­ren dos de cada diez nacimien­tos de bebés cuyas madres eran menores de diecin­ueve años. Guer­rero, junto con Chi­huahua, com­parte el mayor por­centaje de embarazo ado­les­cente en el país.

FUENTE:SEMMÉXICO

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Edi­ción: Leti­cia E. Becerra Valdez


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En las zonas más pobres del Estado de Guer­rero, al centro/​occidente de Méx­ico, las niñas son ven­di­das de forma habit­ual porque los padres lo con­sid­eran «usos y cos­tum­bres» y una fuente de ingre­sos, porque pueden obtener hasta doscien­tos mil pesos (unos 8290 euros).

Sucede desde hace demasi­a­dos años. En la denom­i­nada Mon­taña de Guer­rero, en cuanto las niñas ron­dan los doce años ya son «vendibles». Quienes las com­pran (porque es ese el tér­mino cor­recto) las pueden con­ver­tir en sus esposas o, sim­ple­mente, son uti­lizadas como esclavas para la casa o el campo.

Lógi­ca­mente, no se puede hablar de una cifra conc­reta, ni aprox­i­mada, porque las autori­dades no tienen interés alguno en con­tro­larlo. Se cree que puede haber hasta tre­scien­tas mil criat­uras cuyos padres las vendieron al mejor postor.

El cen­tro de dere­chos humanos de La Mon­taña Tlachi­nol­lan lo ha denun­ci­ado recien­te­mente con el fin de que tanto el gob­ierno estatal como el fed­eral tomen car­tas en el asunto y pro­híban total­mente estas transacciones.

Cuen­tan que, en las comu­nidades indí­ge­nas, la mater­nidad llega a muy tem­prana edad, no por decisión propia sino por la cos­tum­bre añeja de los padres que logran con­cer­tar las alian­zas de sus hijos con las hijas. Nor­mal­mente hay pago de la dote, que en un prin­ci­pio se le conocía como el rit­ual de peti­ción de la novia. Con el tiempo esta prác­tica se ha per­dido y mercantilizado.

La gravedad de estos acuer­dos es que no per­miten que las mujeres deci­dan, sobre todo, porque lo hacen antes de que cum­plan los diecio­cho años. No hay forma de rever­tir la decisión paterna. Las mamás y las abue­las se suped­i­tan a lo que deter­mi­nan los padres. Las hijas no tienen voz ni voto, sim­ple­mente tienen que acatar el acuerdo de los mayores.

Los hom­bres man­dan, ellas obedecen

Esta situación repro­duce un sis­tema de dom­i­nación regido por los hom­bres que impi­den que las mujeres may­ores sal­gan en defensa de sus hijas o nietas. Los mat­ri­mo­nios se concier­tan de los doce años en adelante.

A veces hay difi­cul­tades entre los padres de la novia y del novio. Las razones son diver­sas: el padre no ve con agrado al futuro esposo de su hija, ya sea por su com­por­tamiento, por la forma de ser de su familia o porque no lle­gan al acuerdo sobre el pago de la dote.

En algu­nas comu­nidades acu­den a los «sabios», que son espe­cial­is­tas para pedir la novia. Cuando se logra la con­certación, vienen los prepar­a­tivos de la boda, cuyos gas­tos cor­re­spon­den a la familia del novio.

Reg­u­lar­mente la nueva esposa se va a vivir a la casa de los sue­gros, donde se trans­forma en la cri­ada de la familia del esposo. Tiene que lev­an­tarse tem­prano para preparar la comida que se lle­vará el marido al campo y, cuando es tem­po­rada de siem­bra, debe lev­an­tarse a las tres de la mañana, pues una vez preparado los tacos tiene que ir al campo.

Es muy común que en todos estos men­esteres la esposa car­gue con el niño o la niña más pequeña sobre su espalda. Solo así puede avan­zar en su tra­bajo y al mismo tiempo cuidar a su bebé. Carga con el almuerzo y con su hijo o hija para ir a la parcela donde siem­bran. Cam­i­nan descalzas una o dos horas en ter­renos agrestes. Se las ingen­ian para servir el almuerzo y aten­der a su pequeño. Por parte del esposo no hay un detalle o una expre­sión de agradec­imiento por el almuerzo que preparó su esposa, más bien, puede haber algún reclamo o regaño si algo no le gustó.

A pesar de que ter­mi­nan ren­di­das por la jor­nada larga, están pen­di­entes de sus pequeños hijos hasta que se duer­men. Cuando enfer­man, la situación se com­plica, porque tienen que impro­visar algún reme­dio casero en condi­ciones suma­mente pre­carias. Son las abue­las las que aux­il­ian a las mamás, para sobrell­e­var estas penas de los males físicos.

Pare­cería que esta cotid­i­an­idad, tan pesada por la carga de tra­bajo, sería lo que más afecta a las esposas o madres que car­gan con el yugo del esposo y su familia. Pero la real­i­dad es aún más trág­ica por la vio­len­cia que ejercen los hom­bres con­tra las mujeres. El some­timiento comu­ni­tario que per­siste por parte de los hom­bres, quienes ejercen la autori­dad en la casa y en las comis­arías, se man­i­fi­esta con golpes, lesiones y asesinatos.

Cuando hay prob­le­mas como pareja y lle­van su caso ante la autori­dad, lo nor­mal es que se le dé la razón al esposo. No hay mujer alguna que la defienda, porque son espa­cios pro­pios que se han adju­di­cado los hom­bres. Si hay un señalamiento del hom­bre y su familia de que la esposa no está cumpliendo con los deberes de la casa, se le reprende y se le encar­cela. Citan a sus padres y les lla­man la aten­ción porque no enseñaron a su hija a tra­ba­jar como es cos­tum­bre que lo hagan las mujeres. El mismo papá, en lugar de salir en defensa de su hija, la reprende públi­ca­mente, porque según su visión, «le hace quedar mal». Con estas actua­ciones la vio­len­cia se comu­ni­ta­riza con­tra las mujeres, que care­cen de recurso alguno para ser escuchadas y defender sus derechos.

A pesar de tanta infamia, algu­nas se han armado de valor y se han atre­v­ido a denun­ciar a sus esposos. Por des­gra­cia, las autori­dades encar­gadas de inves­ti­gar los deli­tos están muy lejos de desem­peñar sus fun­ciones. Han apren­dido a mal­tratar a la gente, a sobrell­e­var los asun­tos y aten­der a quienes ofre­cen dinero. La misma unidad de inves­ti­gación de la fis­calía espe­cial­izada en deli­tos sex­u­ales y vio­len­cia famil­iar pro­tege a los agre­sores y se encarga más bien de obsta­c­ulizar las inves­ti­ga­ciones, o de per­suadir a las víc­ti­mas para que nego­cien con sus vic­ti­mar­ios. No hay forma de romper con este sis­tema de jus­ti­cia patri­ar­cal que se ha empeñado en difamar a las mujeres y de hacer escarnio público de la vio­len­cia que padecen.

Prende la indignación

Gran número de orga­ni­za­ciones de la sociedad civil, han lev­an­tado la voz para denun­ciar estas transac­ciones de niñas medi­ante el envío de una carta abierta a difer­entes rep­re­sen­tantes del Gob­ierno del país: a la sec­re­taria de Gob­er­nación, Olga Sánchez Cordero; al sub­sec­re­tario de Dere­chos Humanos, Ale­jan­dro Enci­nas; al sub­sec­re­tario de Desar­rollo Democrático, Par­tic­i­pación Social y Asun­tos Reli­giosos, Rabindranath Salazar; al procu­rador fed­eral de Pro­tec­ción de niñas, niños y Ado­les­centes, Oliver Cas­tañeda; al gob­er­nador de Guer­rero, Héc­tor Astudillo, y a los can­didatos que se pre­sen­tan a las inmi­nentes elec­ciones de este Estado.

Afir­man que «esta prác­tica intol­er­a­ble con­sti­tuye una gravísima vio­lación a los dere­chos humanos de la niñas que lo sufren, en con­tra de la más ele­men­tal de las condi­ciones de vida que es el dere­cho a la lib­er­tad y a la autode­ter­mi­nación, a la inte­gri­dad física y al desar­rollo armónico de sus poten­cial­i­dades desde el prin­ci­pio, con el agra­vante de sus impli­ca­ciones como trata, vio­len­cia sex­ual y aten­tado al dere­cho a la salud, y diame­tral­mente con­trario al prin­ci­pio de interés supe­rior de la niñez –man­datado en la Con­sti­tu­ción y en las con­ven­ciones inter­na­cionales de las que Méx­ico hace parte».

Dicen enten­der que el prob­lema es com­plejo y que, ´por lo tanto, requiere de un enfoque trans­ver­sal a los órdenes del gob­ierno y a los tres poderes; un esfuerzo mul­ti­sec­to­r­ial en los tra­ba­jos a coor­di­nar y, por supuesto, una visión de dere­chos tam­bién sen­si­ble al con­texto cul­tural y respetu­osa de la autén­tica deter­mi­nación de pueb­los y comu­nidades indí­ge­nas. Como lo mues­tra la evi­den­cia, ase­gu­ran, «no es un tema de usos y cos­tum­bres, como se suele pre­sen­tar, sino arreg­los de vio­len­cia adulta tol­er­a­dos y prop­i­ci­a­dos por la com­pli­ci­dad de autori­dades comu­ni­tarias, munic­i­pales, estatales y federales».

El estado de Guer­rero ocupa el segundo lugar en embara­zos de ado­les­centes. En la enti­dad ocur­ren dos de cada diez nacimien­tos de bebés cuyas madres eran menores de diecin­ueve años. Guer­rero, junto con Chi­huahua, com­parte el mayor por­centaje de embarazo ado­les­cente en el país.

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