Everyldo Gonzalez

Por: Ever­ildo Gon­za­lez Alvarez

Cada 31 de Diciem­bre se da por final­izado el año vigente y se cel­e­bra la lle­gado del nuevo de ese año que ini­cia con grandes esperanzas.

En la may­oría de los hog­a­res, las famil­ias se reú­nen y recuer­dan los momen­tos agrad­ables que tuvieron en el año que ya se va para no volver y se abren las esper­an­zas para mejo­rar en el que ini­cia. Pero así como nosotros ten­emos toda una tradi­ción para decirle adiós al que ter­mina y darle la bien­venida al que ini­cia, como lo ver­e­mos más ade­lante, así tam­bién otras civ­i­liza­ciones fes­te­jan y algu­nas otras han fes­te­jado el fin de un año o de un ciclo de vida.

En su momento lo hicieron los Aztecas o Mex­ica como se les llamó pos­te­ri­or­mente en honor al Dios Mexi y ese fin de año o de ciclo, no coin­cide con el de nosotros pero no por eso deja de cel­e­brarse .aun en algu­nas comu­nidades cer­canas a donde estaba la gran Tenochtitlán.



Es momento de cono­cer un poco de lo que para nue­stros antepasa­dos sig­nifi­caba el fin de un ciclo y el ini­cio de uno nuevo y del fuego nuevo.
El cal­en­dario de los Aztecas tuvo cam­bios y el último de estos se real­izó en tiem­pos en que gob­ern­aba el poderoso Moctezuma Ilhuicam­ina siendo esto uno de los hechos más impor­tantes de su gobierno.

Cuando salieron de su natal Aztlán, los Mex­ica con­sid­er­a­ban al ciclo de 365 días pero al paso por algu­nas pobla­ciones y prin­ci­pal­mente su con­tacto con Los Tolte­cas, los lle­varon a adop­tar el ciclo de 52 años, al final del cual se con­sid­er­aba que podría darse el fin de la raza humana si no se ren­ov­aba el fuego que éste era su Dios.

Los Aztecas habían dado por con­clu­ido el cuarto sol con la destruc­ción de Tol­lan y empezaron un quinto sol. Según su creen­cia, todo sol tenía o podía ter­mi­nar en una des­gra­cia que pusiese en peli­gro la exis­ten­cia de la raza, y es así como con­sid­er­a­ban que era prob­a­ble que al fin de algún ciclo de 52 años, el sol ya no sal­dría, pere­ciendo por esa causa la raza humana.

Para con­ju­rar el peli­gro, hacían fiesta, el último día de cada ciclo, al que con­sid­er­a­ban su Dios creador y padre del sol como lo era el fuego y ese día se sac­ri­fi­caba a los pri­sioneros que pre­vi­a­mente habían tomado en las guer­ras que para tal fin llev­a­ban a cabo. Fray Juan de Torque­mada en su MONAR­QUÍA INDI­ANA dice lo sigu­iente: Lle­gado el último día del ciclo, todos los del reino esta­ban con grandísi­mos temores y miedo esperando lo que acon­teciera, porque tenían creído que si no se sacaba fuego se acabaría el mundo y que aque­lla noche y aque­l­las tinieblas serían per­pet­uas, y que el sol no tornaría a nacer ni apare­cer por el ori­ente y que de arriba ven­drían y descen­derían los Tzitz­im­ime que eran a man­era de demo­nios feísi­mos y muy ter­ri­bles y que se com­erían a los hombres.

Con tales ideas, se insti­tuyó la cer­e­mo­nia del “FUEGO NUEVO“ y cuando se lograba tener el fuego nuevo ya toda la tris­teza, la pre­ocu­pación qued­aba atrás y todo era ale­gría y feli­ci­dad porque el Dios Fuego nue­va­mente estaba con ellos para otro ciclo de 52 años.

El fran­cis­cano Fray Bernardino de Sahagún, escribió “que los de Méx­ico y la región, ter­mi­nado el ciclo de 52 años hacían una fiesta grande lla­mada Tox­i­uh­molpilli y que cuando se acer­caba la fecha, todos los habi­tantes limpia­ban sus casas sacando entre otras cosas todos los dioses habidos y los arro­ja­ban a las ace­quias y mata­ban todas las lum­bres, se tenía que dar la extin­ción del fuego viejo.

Había un lugar señal­ado donde se hacía la nueva lum­bre y era en una cima de una sierra cerca de Izta­palapa y Cul­huacán, en el cerro de La Estrella y se hacía la lum­bre a la medi­anoche del último día del ciclo, y el palo de donde se sacaba el fuego nuevo estaba en el pecho de un cau­tivo tomado en la guerra y con este palo y otro palillo como asta saca­ban el fuego y ati­z­a­ban el fuego con el corazón y el cuerpo del cautivo.

El sacar el fuego nuevo cor­re­spondía exclu­si­va­mente a los sac­er­dotes, estos la víspera de la cer­e­mo­nia, ya puesto el sol, se apare­ja­ban de los ído­los y se vestían con los orna­men­tos de los dioses, partían de Méx­ico muy despa­cio para cam­i­nar como dioses. En la noche todos tenían miedo porque si el sac­er­dote lograba sacar el fuego nada pasaría y todo era fiesta pero, si no lograba sacar fuego entonces la raza humana lle­garía al fin de su existencia.

Hecha la hoguera grande, enseguida los sac­er­dotes que habían ido de Méx­ico toma­ban fuego de ella y dando las teas a corre­dores muy ligeros, estos cor­rían prestos a lle­var el fuego nuevo a todas las pobla­ciones. Los de Méx­ico llev­a­ban el fuego al tem­plo del dios Huitzilopochtli y lo ponían en un can­delero en el que ech­a­ban copal, de ahí dis­tribuían el fuego a otros tem­p­los y ya después lo llev­a­ban a los bar­rios y toda la gente iba por el fuego nuevo.

Pero ya después de que el ciclo había ter­mi­nado y se había logrado tener el fuego nuevo, todo era rego­cijo y las mujeres vestían sus mejores galas y en las casas todo cam­bi­aba, hasta el petate. Se hacían grandes fies­tas por el nuevo ciclo que ini­ciaba, al mediodía del ciclo que ini­ciaba se sac­ri­fi­caba a los cau­tivos en guer­ras como ofrenda al DIOS FUEGO, al sol, por haber­les per­mi­tido seguir con vida.

Así era para nue­stros antepasa­dos el fin de un ciclo de vida que com­prendía 52 años y así ini­ciaba uno nuevo con hon­ores al astro rey, al sol. Esto de los cic­los de 52 años, se empezó a tener a los pocos años de que los aztecas habían ini­ci­ado La Gran Pere­gri­nación cuando salieron de Aztlán con ocho tribus más, esa que los llevó al lugar indi­cado: donde encuen­tren un águila sobre un nopal devo­rando a una serpiente.



En algunos lugares, el comienzo del año se fes­teja con la tradi­ción de las 12 uvas: en el sitio que ocupa cada per­sona se coloca pre­vi­a­mente un pequeño frutero con 12 uvas y, de acuerdo con el rit­ual, se debe comer una uva por cada una de las 12 cam­panadas del reloj. El sig­nifi­cado de este rit­ual se rela­ciona con las aspira­ciones y anh­e­los de cada par­tic­i­pante y con el deseo expreso de que se con­vier­tan en realidad.

A con­tin­uación, se sigue con cos­tum­bres más habit­uales: comien­zan los brindis, se expo­nen los buenos propósi­tos de alcan­zar alguna meta especí­fica hasta que, entonces sí, se dis­fruta de la cena de fin de año. Aflora así la año­ranza de un año que ter­mina y la esper­anza de alcan­zar mayor éxito durante el que comienza.

Tarde o tem­prano, todos los pueb­los del mundo se dieron cuenta de que, trascur­rido cierto tiempo, las esta­ciones solares repetían su cauce lumi­noso. Los cul­tivos volvían a cre­cer y las llu­vias retorn­a­ban para regar las nuevas semi­l­las. Así, el hom­bre fue con­statando el eterno retorno hacia el punto inicial.

En nue­stro Michoacán, los habi­tantes de las comu­nidades indí­ge­nas, a prin­ci­p­ios del mes de Febrero, lle­van a cabo la cel­e­bración del FUEGO NUEVO y cada año cor­re­sponde a una elegida comu­nidad con­tin­uar con la tradi­ción de los antepasa­dos Puréh, dice Librado Avilés que así es como se les debe lla­mar a nue­stros antepasa­dos y teng­amos en cuenta que tarasco es un nom­bre que dieron los españoles porque oían que pro­nun­cia­ban algo así como taras­cue que usa­ban para nom­brar algún famil­iar y creyeron que los indí­ge­nas se llam­a­ban taras­cos. Por cierto que Patam­ban ya fue sede de la cel­e­bración del fuego nuevo que es el ini­cio de un nuevo ciclo o año nuevo.

El rit­ual del fuego nuevo tiene sus orí­genes en la astrología purhépecha, ya que es con las estrel­las como estas per­sonas encuen­tran su ori­entación para ver la fecha exacta de siem­bras, cose­chas, llu­vias y cel­e­bra­ciones reli­giosas. Por lo tanto, el año nuevo purhépecha ini­cia en la noche del 1 o la madru­gada del día 2 de febrero, justo cuando la con­stelación de Orión, conc­re­ta­mente las Pléyades –grupo de estrel­las que servían de orientación-​, se ubi­can a la mitad del cielo.

En los fes­te­jos uno se encuen­tra con los car­gueros –per­sonas que tienen un cargo, gen­eral­mente son los que por un año lle­van a su casa alguna ima­gen reli­giosa y por este hecho son per­sonas de mucho respeto en la comu­nidad– que lle­varán en alzas una piedra repleta de sím­bo­los. Los car­gueros tam­bién estarán encar­ga­dos de dar posada a las gentes que lleguen de los pueb­los veci­nos. En sus casas se com­erá y adornarán a los hués­pedes con col­lares llenos de artesanías.

Una de las más rep­re­sen­ta­ti­vas tradi­ciones de los Purhépe­chas, como lo es fes­te­jar El Año Nuevo, después de muchos años de olvido, volvió a cel­e­brarse en el año de 1983 siendo sede en ese entonces la población de Tzintzuntzan, quizás se deter­minó que fuera ahí en vir­tud de que en un tiempo fue la cap­i­tal de los indí­ge­nas de Michoacán. Desde entonces, año tras año se ha lle­vado a cabo la cer­e­mo­nia de extin­ción del fuego viejo que da paso al fuego nuevo dando ini­cio a un Nuevo Año Purhépecha.



La calle prin­ci­pal y la plaza son ador­na­dos con com­pos­tura de papel con los cua­tro col­ores que sim­bolizan las cua­tro regiones Purhépe­chas de Michoacán: el morado rep­re­senta a la región Ciénega de Zacapu, el azul claro rep­re­senta la región del lago de Pátzcuaro; el amar­illo rep­re­senta la región de La Cañada de los Once Pueb­los con cabecera en Cara­pan y Chil­chota y el color verde rep­re­senta la región de la sierra Purhépecha.

El evento empieza el día 31 de enero cuando los corre­dores, ya entrada la noche, lle­gan a dicha población des­ig­nada un año antes, con el fuego viejo el que dejan en la plaza hasta su extin­ción el día sigu­iente, día primero de Febrero en que es rem­plazado por el fuego nuevo poco después de las once de la noche. La cer­e­mo­nia del día primero, ini­cia con lo que lla­man El Amanecer de los cua­tro ele­men­tos: sol, tierra, agua y aire y a las once, las per­sonas se trasladan a la casa del Car­guero que a par­tir de ese día forma parte del Con­sejo Purhépecha, a recoger LOS SIM­BO­LOS PURHEP­E­CHAS: el bastón de mando, la ban­dera con los cua­tro col­ores de las regiones men­cionadas y que rep­re­senta la unidad, la inte­gración; el fuego de Calt­zontzin; la piedra junto al fuego abuelo en donde cada comu­nidad grava su sím­bolo, ten­drán que lle­gar a 52 que deben ser con los que se com­pleta el siglo Purépecha; el pescado que rep­re­senta al ani­mal y ali­mento sagrado; el coy­ote que rep­re­senta al ani­mal sagrado para las cura­ciones y con dichos sím­bo­los se ini­cia una pro­ce­sión por varias calles hasta lle­gar a la igle­sia par­ro­quial en donde se debe ofi­ciar una misa con­cel­e­brada en idioma Purhépecha.

Ya por la noche se hace la entrega de la piedra de los sím­bo­los del Año Nuevo, luego una encam­i­nada y todo cul­mina con una gran fiesta fes­te­jando al fuego nuevo, al año nuevo .Esta es una cer­e­mo­nia muy vis­tosa y de mucho sig­nifi­cado y que además intenta lograr la unidad de las comu­nidades indígenas.



Tam­bién en otras regiones de nue­stro bello plan­eta se cuenta con tradi­ciones del año nuevo: Hace 4000 años los babilo­nios vieron en esta repeti­ción de las esta­ciones un motivo digno de cel­e­brarse e instau­raron un ciclo fes­tivo que dejaría corta la juerga más movida de nues­tra época: eran 11 días de cel­e­bración, que comen­z­a­ban cuando la pri­mav­era describía sus primeros tra­zos entre los jar­dines col­gantes de Babilonia.

Tam­bién los Egip­cios recibían con algar­abía las señales que pre­lu­di­a­ban el nuevo año. Su ros­tro se torn­aba fes­tivo cuando lle­gaba el ansi­ado momento en que el río Nilo empez­aba a cre­cer y el cau­dal se hacía prop­i­cio para la siem­bra. Entonces, la tierra era labrada con con­fi­anza en los tiem­pos venideros.


Desde siem­pre, el nuevo año ha sig­nifi­cado el fes­tejo de un tri­unfo inex­is­tente, una vic­to­ria que se desea pero aún no ha ocur­rido, un elo­gio a la esper­anza que se renueva cada 365 días en la mayor parte del planeta.


En las difer­entes cul­turas de todos los tiem­pos los cam­bios de ciclo han lle­vado implíc­i­tos ritos que atraen salud, amor y dinero, los tres pilares bási­cos de la feli­ci­dad del hom­bre. Por eso, no es extraño encon­trar ritos ances­trales, pro­pios de cada cul­tura y pueblo, que busquen la feli­ci­dad, el éxito y la abun­dan­cia, lo primero que se hace en el Día del Año Nuevo en la ahora próspera China, la de La Gran Muralla, es el rit­ual para rendir hom­e­naje a los antepasa­dos. Después, se ven­eran a los dioses, seguido por un acto donde los miem­bros más jóvenes de la familia pre­sen­tan sus respetos a los may­ores que todavía viven.

La gente se pone vesti­dos nuevos y visita a los ami­gos, veci­nos y famil­iares para inter­cam­biar buenos deseos de kung-​hsi fa-​tsai, que sig­nifica felic­ita­ciones y pros­peri­dad. Es un momento para la rec­on­cil­iación, donde se dejan aparte los ren­cores del pasado en medio de la atmós­fera amis­tosa y una de las vis­tas más espec­tac­u­lares durante el Fes­ti­val del Año Nuevo chino son las dan­zas del dragón y del león. Las cabezas de esas temi­bles bes­tias supues­ta­mente ahuyen­tan el mal, y los ágiles movimien­tos de los dan­zantes ofre­cen un gran espec­táculo para deleite de todos.

El segundo día del Fes­ti­val del Año Nuevo chino es el día en que las hijas casadas retor­nan al hogar de sus padres. Si ella es una recién casada, su marido la debe acom­pañar y lle­var rega­los para su familia. Según una encan­ta­dora leyenda, el ter­cer día del Año Nuevo es el día en que los ratones casan a sus hijas. Por eso, durante esa noche, se supone que la gente debe acostarse tem­prano para que los ratones puedan lle­var a cabo sus cer­e­mo­nias de matrimonio.



En la Víspera del Año Nuevo, los miem­bros de la familia que ya no viven en la casa hacen un esfuerzo espe­cial para retornar al hogar para una reunión y com­par­tir una sun­tu­osa comida. En ese momento, los miem­bros de la familia entre­gan «dinero de buena suerte» en sobres rojos a los ancianos y niños, y se quedan despier­tos durante toda la noche para darle la bien­venida al Año Nuevo.

El pueblo chino ha creído por mucho tiempo que per­manecer despierto durante toda la noche de la Víspera del Año Nuevo ayuda a que sus padres ten­gan una vida más larga. Así, se mantienen encen­di­das las luces durante toda la noche no sólo para ale­jar a Nien, como en los tiem­pos antiguos sino tam­bién como una excusa para man­tener a la mayor parte de la familia reunida. Algu­nas famil­ias incluso real­izan cer­e­mo­nias reli­giosas después de la medi­anoche para darle la bien­venida al Dios del Año Nuevo a sus hog­a­res, un rit­ual que gen­eral­mente ter­mina con una enorme ronda de petardos.



El Fes­ti­val del Año Nuevo chino es una de las fies­tas más sig­ni­fica­ti­vas para el pueblo chino en todo el mundo, indis­tin­ta­mente del ori­gen de sus antepasa­dos. Tam­bién es cono­cido como el Fes­ti­val del Año Nuevo Lunar debido a que está basado en el cal­en­dario lunar, en vez del cal­en­dario gre­go­ri­ano. –es el cal­en­dario ofi­cial en todo el mundo y en 1582 susti­tuyó al cal­en­dario Juliano que insti­tuyó Julio César en el año 46 antes de Cristo, debe su nom­bre al Papa Gre­go­rio XIII y que tiene como el día la unidad fun­da­men­tal de tiempo– La fiesta es una ocasión muy jubilosa debido prin­ci­pal­mente a que es el tiempo en que la gente se libra del tra­bajo para reunirse con la familia y los amigos.



El ori­gen del Fes­ti­val del Año Nuevo chino puede ser remon­tado a miles de años a través de una serie de col­ori­das leyen­das y tradi­ciones que evolu­cio­nan con­tin­u­a­mente. Una de las leyen­das más famosas es la de Nien, una bes­tia extremada­mente cruel y feroz, que según la creen­cia de los chi­nos, comía per­sonas en la víspera del Año Nuevo. Para man­tener a Nien lejos, se pega­ban coplas en papel rojo en las puer­tas, se ilu­minaba con antor­chas y se encendían petar­dos durante toda la noche; ya que se dice que Nien temía el color rojo, la luz del fuego y los rui­dos muy fuertes.

Al ini­ciar la mañana sigu­iente, al impreg­narse el aire con los sen­timien­tos de tri­unfo y ren­o­vación por haber man­tenido ale­jado a Nien por otro año, el saludo más pop­u­lar­mente escuchado era kung-​hsi o«felicitaciones». aunque las cel­e­bra­ciones del Año Nuevo chino gen­eral­mente duran sola­mente var­ios días, a par­tir de la Víspera del Año Nuevo, el fes­ti­val en sí dura unas tres semanas.

Ini­cia en el día vein­tic­u­a­tro del duodécimo mes lunar. Se cree que en ese día, var­ios dioses ascien­den al Cielo para pre­sen­tar sus respetos e infor­mar acerca de los asun­tos hog­a­reños al Emper­ador de Jade, la dei­dad suprema del taoísmo. Según la tradi­ción, las famil­ias hon­ran esos dioses que­mando papel mon­eda para uso rit­ual para pagar sus gas­tos de viaje.

Otro rit­ual con­siste en embar­rar azú­car de malta en los labios del Dios de la Cocina, una de las dei­dades que via­jan, para ase­gu­rar que él pre­sente un informe favor­able al Emper­ador de Jade o man­tenga el silencio.

Seguida­mente, se cuel­gan «coplas de pri­mav­era» alrede­dor de la casa. Las coplas de pri­mav­era son rol­los y cuadros de papel escritos con ben­di­ciones y pal­abras de buen augu­rio, tales como «buena suerte», «riqueza», «longev­i­dad» y «tiempo de primavera».

Los cuadros de papel son gen­eral­mente pega­dos al revés, debido a que la letra equiv­a­lente en man­darín para «al revés», tao, es homó­fona con la pal­abra «lle­gada». Así, los cuadros de papel rep­re­sen­tan la «lle­gada» de la pri­mav­era y el «arribo» de tiem­pos más prósperos.

En otras muchas regiones del plan­eta se lle­van a cabo cel­e­bra­ciones muy propias para darle la des­pe­dida al año que ya se va y recibir con aplau­sos al que llega y que siem­pre uno desea que sea mejor que el año viejo, prin­ci­pal­mente en lo que se refiere a salud.

Com­pi­lación hecha de: Méx­ico a través de los sig­los, Monar­quía Indi­ana, obser­vación de fes­tivi­dades purhépe­chas y Crónica de Michoacán.

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Everyldo Gonzalez

Por: Ever­ildo Gon­za­lez Alvarez

Cada 31 de Diciem­bre se da por final­izado el año vigente y se cel­e­bra la lle­gado del nuevo de ese año que ini­cia con grandes esperanzas.

En la may­oría de los hog­a­res, las famil­ias se reú­nen y recuer­dan los momen­tos agrad­ables que tuvieron en el año que ya se va para no volver y se abren las esper­an­zas para mejo­rar en el que ini­cia. Pero así como nosotros ten­emos toda una tradi­ción para decirle adiós al que ter­mina y darle la bien­venida al que ini­cia, como lo ver­e­mos más ade­lante, así tam­bién otras civ­i­liza­ciones fes­te­jan y algu­nas otras han fes­te­jado el fin de un año o de un ciclo de vida.

En su momento lo hicieron los Aztecas o Mex­ica como se les llamó pos­te­ri­or­mente en honor al Dios Mexi y ese fin de año o de ciclo, no coin­cide con el de nosotros pero no por eso deja de cel­e­brarse .aun en algu­nas comu­nidades cer­canas a donde estaba la gran Tenochtitlán.



Es momento de cono­cer un poco de lo que para nue­stros antepasa­dos sig­nifi­caba el fin de un ciclo y el ini­cio de uno nuevo y del fuego nuevo.
El cal­en­dario de los Aztecas tuvo cam­bios y el último de estos se real­izó en tiem­pos en que gob­ern­aba el poderoso Moctezuma Ilhuicam­ina siendo esto uno de los hechos más impor­tantes de su gobierno.

Cuando salieron de su natal Aztlán, los Mex­ica con­sid­er­a­ban al ciclo de 365 días pero al paso por algu­nas pobla­ciones y prin­ci­pal­mente su con­tacto con Los Tolte­cas, los lle­varon a adop­tar el ciclo de 52 años, al final del cual se con­sid­er­aba que podría darse el fin de la raza humana si no se ren­ov­aba el fuego que éste era su Dios.

Los Aztecas habían dado por con­clu­ido el cuarto sol con la destruc­ción de Tol­lan y empezaron un quinto sol. Según su creen­cia, todo sol tenía o podía ter­mi­nar en una des­gra­cia que pusiese en peli­gro la exis­ten­cia de la raza, y es así como con­sid­er­a­ban que era prob­a­ble que al fin de algún ciclo de 52 años, el sol ya no sal­dría, pere­ciendo por esa causa la raza humana.

Para con­ju­rar el peli­gro, hacían fiesta, el último día de cada ciclo, al que con­sid­er­a­ban su Dios creador y padre del sol como lo era el fuego y ese día se sac­ri­fi­caba a los pri­sioneros que pre­vi­a­mente habían tomado en las guer­ras que para tal fin llev­a­ban a cabo. Fray Juan de Torque­mada en su MONAR­QUÍA INDI­ANA dice lo sigu­iente: Lle­gado el último día del ciclo, todos los del reino esta­ban con grandísi­mos temores y miedo esperando lo que acon­teciera, porque tenían creído que si no se sacaba fuego se acabaría el mundo y que aque­lla noche y aque­l­las tinieblas serían per­pet­uas, y que el sol no tornaría a nacer ni apare­cer por el ori­ente y que de arriba ven­drían y descen­derían los Tzitz­im­ime que eran a man­era de demo­nios feísi­mos y muy ter­ri­bles y que se com­erían a los hombres.

Con tales ideas, se insti­tuyó la cer­e­mo­nia del “FUEGO NUEVO“ y cuando se lograba tener el fuego nuevo ya toda la tris­teza, la pre­ocu­pación qued­aba atrás y todo era ale­gría y feli­ci­dad porque el Dios Fuego nue­va­mente estaba con ellos para otro ciclo de 52 años.

El fran­cis­cano Fray Bernardino de Sahagún, escribió “que los de Méx­ico y la región, ter­mi­nado el ciclo de 52 años hacían una fiesta grande lla­mada Tox­i­uh­molpilli y que cuando se acer­caba la fecha, todos los habi­tantes limpia­ban sus casas sacando entre otras cosas todos los dioses habidos y los arro­ja­ban a las ace­quias y mata­ban todas las lum­bres, se tenía que dar la extin­ción del fuego viejo.

Había un lugar señal­ado donde se hacía la nueva lum­bre y era en una cima de una sierra cerca de Izta­palapa y Cul­huacán, en el cerro de La Estrella y se hacía la lum­bre a la medi­anoche del último día del ciclo, y el palo de donde se sacaba el fuego nuevo estaba en el pecho de un cau­tivo tomado en la guerra y con este palo y otro palillo como asta saca­ban el fuego y ati­z­a­ban el fuego con el corazón y el cuerpo del cautivo.

El sacar el fuego nuevo cor­re­spondía exclu­si­va­mente a los sac­er­dotes, estos la víspera de la cer­e­mo­nia, ya puesto el sol, se apare­ja­ban de los ído­los y se vestían con los orna­men­tos de los dioses, partían de Méx­ico muy despa­cio para cam­i­nar como dioses. En la noche todos tenían miedo porque si el sac­er­dote lograba sacar el fuego nada pasaría y todo era fiesta pero, si no lograba sacar fuego entonces la raza humana lle­garía al fin de su existencia.

Hecha la hoguera grande, enseguida los sac­er­dotes que habían ido de Méx­ico toma­ban fuego de ella y dando las teas a corre­dores muy ligeros, estos cor­rían prestos a lle­var el fuego nuevo a todas las pobla­ciones. Los de Méx­ico llev­a­ban el fuego al tem­plo del dios Huitzilopochtli y lo ponían en un can­delero en el que ech­a­ban copal, de ahí dis­tribuían el fuego a otros tem­p­los y ya después lo llev­a­ban a los bar­rios y toda la gente iba por el fuego nuevo.

Pero ya después de que el ciclo había ter­mi­nado y se había logrado tener el fuego nuevo, todo era rego­cijo y las mujeres vestían sus mejores galas y en las casas todo cam­bi­aba, hasta el petate. Se hacían grandes fies­tas por el nuevo ciclo que ini­ciaba, al mediodía del ciclo que ini­ciaba se sac­ri­fi­caba a los cau­tivos en guer­ras como ofrenda al DIOS FUEGO, al sol, por haber­les per­mi­tido seguir con vida.

Así era para nue­stros antepasa­dos el fin de un ciclo de vida que com­prendía 52 años y así ini­ciaba uno nuevo con hon­ores al astro rey, al sol. Esto de los cic­los de 52 años, se empezó a tener a los pocos años de que los aztecas habían ini­ci­ado La Gran Pere­gri­nación cuando salieron de Aztlán con ocho tribus más, esa que los llevó al lugar indi­cado: donde encuen­tren un águila sobre un nopal devo­rando a una serpiente.



En algunos lugares, el comienzo del año se fes­teja con la tradi­ción de las 12 uvas: en el sitio que ocupa cada per­sona se coloca pre­vi­a­mente un pequeño frutero con 12 uvas y, de acuerdo con el rit­ual, se debe comer una uva por cada una de las 12 cam­panadas del reloj. El sig­nifi­cado de este rit­ual se rela­ciona con las aspira­ciones y anh­e­los de cada par­tic­i­pante y con el deseo expreso de que se con­vier­tan en realidad.

A con­tin­uación, se sigue con cos­tum­bres más habit­uales: comien­zan los brindis, se expo­nen los buenos propósi­tos de alcan­zar alguna meta especí­fica hasta que, entonces sí, se dis­fruta de la cena de fin de año. Aflora así la año­ranza de un año que ter­mina y la esper­anza de alcan­zar mayor éxito durante el que comienza.

Tarde o tem­prano, todos los pueb­los del mundo se dieron cuenta de que, trascur­rido cierto tiempo, las esta­ciones solares repetían su cauce lumi­noso. Los cul­tivos volvían a cre­cer y las llu­vias retorn­a­ban para regar las nuevas semi­l­las. Así, el hom­bre fue con­statando el eterno retorno hacia el punto inicial.

En nue­stro Michoacán, los habi­tantes de las comu­nidades indí­ge­nas, a prin­ci­p­ios del mes de Febrero, lle­van a cabo la cel­e­bración del FUEGO NUEVO y cada año cor­re­sponde a una elegida comu­nidad con­tin­uar con la tradi­ción de los antepasa­dos Puréh, dice Librado Avilés que así es como se les debe lla­mar a nue­stros antepasa­dos y teng­amos en cuenta que tarasco es un nom­bre que dieron los españoles porque oían que pro­nun­cia­ban algo así como taras­cue que usa­ban para nom­brar algún famil­iar y creyeron que los indí­ge­nas se llam­a­ban taras­cos. Por cierto que Patam­ban ya fue sede de la cel­e­bración del fuego nuevo que es el ini­cio de un nuevo ciclo o año nuevo.

El rit­ual del fuego nuevo tiene sus orí­genes en la astrología purhépecha, ya que es con las estrel­las como estas per­sonas encuen­tran su ori­entación para ver la fecha exacta de siem­bras, cose­chas, llu­vias y cel­e­bra­ciones reli­giosas. Por lo tanto, el año nuevo purhépecha ini­cia en la noche del 1 o la madru­gada del día 2 de febrero, justo cuando la con­stelación de Orión, conc­re­ta­mente las Pléyades –grupo de estrel­las que servían de orientación-​, se ubi­can a la mitad del cielo.

En los fes­te­jos uno se encuen­tra con los car­gueros –per­sonas que tienen un cargo, gen­eral­mente son los que por un año lle­van a su casa alguna ima­gen reli­giosa y por este hecho son per­sonas de mucho respeto en la comu­nidad– que lle­varán en alzas una piedra repleta de sím­bo­los. Los car­gueros tam­bién estarán encar­ga­dos de dar posada a las gentes que lleguen de los pueb­los veci­nos. En sus casas se com­erá y adornarán a los hués­pedes con col­lares llenos de artesanías.

Una de las más rep­re­sen­ta­ti­vas tradi­ciones de los Purhépe­chas, como lo es fes­te­jar El Año Nuevo, después de muchos años de olvido, volvió a cel­e­brarse en el año de 1983 siendo sede en ese entonces la población de Tzintzuntzan, quizás se deter­minó que fuera ahí en vir­tud de que en un tiempo fue la cap­i­tal de los indí­ge­nas de Michoacán. Desde entonces, año tras año se ha lle­vado a cabo la cer­e­mo­nia de extin­ción del fuego viejo que da paso al fuego nuevo dando ini­cio a un Nuevo Año Purhépecha.



La calle prin­ci­pal y la plaza son ador­na­dos con com­pos­tura de papel con los cua­tro col­ores que sim­bolizan las cua­tro regiones Purhépe­chas de Michoacán: el morado rep­re­senta a la región Ciénega de Zacapu, el azul claro rep­re­senta la región del lago de Pátzcuaro; el amar­illo rep­re­senta la región de La Cañada de los Once Pueb­los con cabecera en Cara­pan y Chil­chota y el color verde rep­re­senta la región de la sierra Purhépecha.

El evento empieza el día 31 de enero cuando los corre­dores, ya entrada la noche, lle­gan a dicha población des­ig­nada un año antes, con el fuego viejo el que dejan en la plaza hasta su extin­ción el día sigu­iente, día primero de Febrero en que es rem­plazado por el fuego nuevo poco después de las once de la noche. La cer­e­mo­nia del día primero, ini­cia con lo que lla­man El Amanecer de los cua­tro ele­men­tos: sol, tierra, agua y aire y a las once, las per­sonas se trasladan a la casa del Car­guero que a par­tir de ese día forma parte del Con­sejo Purhépecha, a recoger LOS SIM­BO­LOS PURHEP­E­CHAS: el bastón de mando, la ban­dera con los cua­tro col­ores de las regiones men­cionadas y que rep­re­senta la unidad, la inte­gración; el fuego de Calt­zontzin; la piedra junto al fuego abuelo en donde cada comu­nidad grava su sím­bolo, ten­drán que lle­gar a 52 que deben ser con los que se com­pleta el siglo Purépecha; el pescado que rep­re­senta al ani­mal y ali­mento sagrado; el coy­ote que rep­re­senta al ani­mal sagrado para las cura­ciones y con dichos sím­bo­los se ini­cia una pro­ce­sión por varias calles hasta lle­gar a la igle­sia par­ro­quial en donde se debe ofi­ciar una misa con­cel­e­brada en idioma Purhépecha.

Ya por la noche se hace la entrega de la piedra de los sím­bo­los del Año Nuevo, luego una encam­i­nada y todo cul­mina con una gran fiesta fes­te­jando al fuego nuevo, al año nuevo .Esta es una cer­e­mo­nia muy vis­tosa y de mucho sig­nifi­cado y que además intenta lograr la unidad de las comu­nidades indígenas.



Tam­bién en otras regiones de nue­stro bello plan­eta se cuenta con tradi­ciones del año nuevo: Hace 4000 años los babilo­nios vieron en esta repeti­ción de las esta­ciones un motivo digno de cel­e­brarse e instau­raron un ciclo fes­tivo que dejaría corta la juerga más movida de nues­tra época: eran 11 días de cel­e­bración, que comen­z­a­ban cuando la pri­mav­era describía sus primeros tra­zos entre los jar­dines col­gantes de Babilonia.

Tam­bién los Egip­cios recibían con algar­abía las señales que pre­lu­di­a­ban el nuevo año. Su ros­tro se torn­aba fes­tivo cuando lle­gaba el ansi­ado momento en que el río Nilo empez­aba a cre­cer y el cau­dal se hacía prop­i­cio para la siem­bra. Entonces, la tierra era labrada con con­fi­anza en los tiem­pos venideros.


Desde siem­pre, el nuevo año ha sig­nifi­cado el fes­tejo de un tri­unfo inex­is­tente, una vic­to­ria que se desea pero aún no ha ocur­rido, un elo­gio a la esper­anza que se renueva cada 365 días en la mayor parte del planeta.


En las difer­entes cul­turas de todos los tiem­pos los cam­bios de ciclo han lle­vado implíc­i­tos ritos que atraen salud, amor y dinero, los tres pilares bási­cos de la feli­ci­dad del hom­bre. Por eso, no es extraño encon­trar ritos ances­trales, pro­pios de cada cul­tura y pueblo, que busquen la feli­ci­dad, el éxito y la abun­dan­cia, lo primero que se hace en el Día del Año Nuevo en la ahora próspera China, la de La Gran Muralla, es el rit­ual para rendir hom­e­naje a los antepasa­dos. Después, se ven­eran a los dioses, seguido por un acto donde los miem­bros más jóvenes de la familia pre­sen­tan sus respetos a los may­ores que todavía viven.

La gente se pone vesti­dos nuevos y visita a los ami­gos, veci­nos y famil­iares para inter­cam­biar buenos deseos de kung-​hsi fa-​tsai, que sig­nifica felic­ita­ciones y pros­peri­dad. Es un momento para la rec­on­cil­iación, donde se dejan aparte los ren­cores del pasado en medio de la atmós­fera amis­tosa y una de las vis­tas más espec­tac­u­lares durante el Fes­ti­val del Año Nuevo chino son las dan­zas del dragón y del león. Las cabezas de esas temi­bles bes­tias supues­ta­mente ahuyen­tan el mal, y los ágiles movimien­tos de los dan­zantes ofre­cen un gran espec­táculo para deleite de todos.

El segundo día del Fes­ti­val del Año Nuevo chino es el día en que las hijas casadas retor­nan al hogar de sus padres. Si ella es una recién casada, su marido la debe acom­pañar y lle­var rega­los para su familia. Según una encan­ta­dora leyenda, el ter­cer día del Año Nuevo es el día en que los ratones casan a sus hijas. Por eso, durante esa noche, se supone que la gente debe acostarse tem­prano para que los ratones puedan lle­var a cabo sus cer­e­mo­nias de matrimonio.



En la Víspera del Año Nuevo, los miem­bros de la familia que ya no viven en la casa hacen un esfuerzo espe­cial para retornar al hogar para una reunión y com­par­tir una sun­tu­osa comida. En ese momento, los miem­bros de la familia entre­gan «dinero de buena suerte» en sobres rojos a los ancianos y niños, y se quedan despier­tos durante toda la noche para darle la bien­venida al Año Nuevo.

El pueblo chino ha creído por mucho tiempo que per­manecer despierto durante toda la noche de la Víspera del Año Nuevo ayuda a que sus padres ten­gan una vida más larga. Así, se mantienen encen­di­das las luces durante toda la noche no sólo para ale­jar a Nien, como en los tiem­pos antiguos sino tam­bién como una excusa para man­tener a la mayor parte de la familia reunida. Algu­nas famil­ias incluso real­izan cer­e­mo­nias reli­giosas después de la medi­anoche para darle la bien­venida al Dios del Año Nuevo a sus hog­a­res, un rit­ual que gen­eral­mente ter­mina con una enorme ronda de petardos.



El Fes­ti­val del Año Nuevo chino es una de las fies­tas más sig­ni­fica­ti­vas para el pueblo chino en todo el mundo, indis­tin­ta­mente del ori­gen de sus antepasa­dos. Tam­bién es cono­cido como el Fes­ti­val del Año Nuevo Lunar debido a que está basado en el cal­en­dario lunar, en vez del cal­en­dario gre­go­ri­ano. –es el cal­en­dario ofi­cial en todo el mundo y en 1582 susti­tuyó al cal­en­dario Juliano que insti­tuyó Julio César en el año 46 antes de Cristo, debe su nom­bre al Papa Gre­go­rio XIII y que tiene como el día la unidad fun­da­men­tal de tiempo– La fiesta es una ocasión muy jubilosa debido prin­ci­pal­mente a que es el tiempo en que la gente se libra del tra­bajo para reunirse con la familia y los amigos.



El ori­gen del Fes­ti­val del Año Nuevo chino puede ser remon­tado a miles de años a través de una serie de col­ori­das leyen­das y tradi­ciones que evolu­cio­nan con­tin­u­a­mente. Una de las leyen­das más famosas es la de Nien, una bes­tia extremada­mente cruel y feroz, que según la creen­cia de los chi­nos, comía per­sonas en la víspera del Año Nuevo. Para man­tener a Nien lejos, se pega­ban coplas en papel rojo en las puer­tas, se ilu­minaba con antor­chas y se encendían petar­dos durante toda la noche; ya que se dice que Nien temía el color rojo, la luz del fuego y los rui­dos muy fuertes.

Al ini­ciar la mañana sigu­iente, al impreg­narse el aire con los sen­timien­tos de tri­unfo y ren­o­vación por haber man­tenido ale­jado a Nien por otro año, el saludo más pop­u­lar­mente escuchado era kung-​hsi o«felicitaciones». aunque las cel­e­bra­ciones del Año Nuevo chino gen­eral­mente duran sola­mente var­ios días, a par­tir de la Víspera del Año Nuevo, el fes­ti­val en sí dura unas tres semanas.

Ini­cia en el día vein­tic­u­a­tro del duodécimo mes lunar. Se cree que en ese día, var­ios dioses ascien­den al Cielo para pre­sen­tar sus respetos e infor­mar acerca de los asun­tos hog­a­reños al Emper­ador de Jade, la dei­dad suprema del taoísmo. Según la tradi­ción, las famil­ias hon­ran esos dioses que­mando papel mon­eda para uso rit­ual para pagar sus gas­tos de viaje.

Otro rit­ual con­siste en embar­rar azú­car de malta en los labios del Dios de la Cocina, una de las dei­dades que via­jan, para ase­gu­rar que él pre­sente un informe favor­able al Emper­ador de Jade o man­tenga el silencio.

Seguida­mente, se cuel­gan «coplas de pri­mav­era» alrede­dor de la casa. Las coplas de pri­mav­era son rol­los y cuadros de papel escritos con ben­di­ciones y pal­abras de buen augu­rio, tales como «buena suerte», «riqueza», «longev­i­dad» y «tiempo de primavera».

Los cuadros de papel son gen­eral­mente pega­dos al revés, debido a que la letra equiv­a­lente en man­darín para «al revés», tao, es homó­fona con la pal­abra «lle­gada». Así, los cuadros de papel rep­re­sen­tan la «lle­gada» de la pri­mav­era y el «arribo» de tiem­pos más prósperos.

En otras muchas regiones del plan­eta se lle­van a cabo cel­e­bra­ciones muy propias para darle la des­pe­dida al año que ya se va y recibir con aplau­sos al que llega y que siem­pre uno desea que sea mejor que el año viejo, prin­ci­pal­mente en lo que se refiere a salud.

Com­pi­lación hecha de: Méx­ico a través de los sig­los, Monar­quía Indi­ana, obser­vación de fes­tivi­dades purhépe­chas y Crónica de Michoacán.

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